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¿De qué hablamos cuando hablamos de economía circular?

La Ciudad Posible

EconomíaCircular | Eficiencia | Reducción de costos | Disciplina operativa | Trazabilidad | Gestión de Recursos | Procesos | Eliminación de residuos | Valorización | Ecodiseño| Desarrollo Territorial | Clústeres | Alianzas Público Privadas | Bienes Comunes | Políticas Públicas | Innovación | Regeneración | Sostenibilidad | Competitividad


Hoy te proponemos recorrer nuestra experiencia de más de 20 años de trayectoria que nos permitió conocer los comportamientos, actores, dinámicas y lógicas con una mirada glocal de la economía circular. 

A lo largo de los años con la mayoría de nuestros clientes empresariales empezamos a trabajar buscando soluciones para resolver el desafío más visible: el reciclaje, la puerta de entrada a la economía circular.

En el proceso nos fuimos convenciéndonos de que el reciclaje es una etapa imprescindible de la transición. Recupera materiales, ordena procesos y construye trazabilidad, disciplina operativa y datos que antes no existían. Nada de lo que viene después se sostiene sin esa base. Y también fuimos viendo que el problema nunca estuvo en el reciclaje, sino en confundirlo con el destino final cuando en realidad es apenas el punto de partida.


¿Por qué es importante? La circularidad no es una estrategia, sino un conjunto de estrategias: eliminar residuos y contaminación desde el diseño, mantener productos y materiales en su mayor valor, y regenerar los sistemas naturales. El reciclaje es una pieza —la que actúa al final del ciclo—. Antes están el ecodiseño, la reducción, la reparación, la remanufactura, la servitización, la simbiosis industrial. Y en paralelo, la regeneración: suelos, ecosistemas, ciclos biológicos.

Hay algo en esto que nos entusiasma: quien ya recicla suele ser quien mejor preparado está para subir en la pirámide y adoptar estrategias de mayor impacto. Ya tiene los flujos mapeados, los datos, la relación con proveedores y la cultura operativa. Le falta menos de lo que cree para capturar el valor que está aguas arriba.


Con cada sector que trabajamos fuimos entendiendo dónde están las oportunidades y puertas de entrada:

  • En la agroindustria, valorizar residuos, efluentes y subproductos para transformarlos en bioenergía, biofertilizantes o biochar.

  • En la construcción, recuperar materiales de obra y demolición, adoptar sistemas modulares y elegir los de menor huella desde el diseño.

  • En la industria automotriz y metalmecánica, remanufacturar, recuperar neumáticos o vehículos fuera de uso a través del retrofit, y armar simbiosis industrial entre actores.

  • En envases y consumo masivo, rediseñar para el reúso o el reciclaje, la retornabilidad o los materiales biobasados y compostables.

  • En electrónica y tecnología, reparar, reacondicionar y recuperar los materiales críticos de los aparatos en desuso.

  • Y en sectores como el textil, el turismo o la energía, servitizar, compartir el uso, regenerar ecosistemas e incorporar renovables para mejorar la competitividad.


El reciclaje es una de esas puertas. Las demás se abren antes en el ciclo, y a menudo capturan más valor.

En algún momento empezamos a hacernos una pregunta que ninguna estrategia ambiental puede saltear: ¿por qué una empresa decide, efectivamente, avanzar hacia la circularidad?

La respuesta que fuimos encontrando es más pragmática de lo que el discurso ambiental suele suponer: una empresa rara vez adopta una estrategia de economía circular  solo para reducir o compensar su  impacto ambiental. Lo hace cuando la circularidad entra por donde tiene un punto de dolor —costos, un cuello de botella productivo, una exigencia de cumplimiento regulatorio, el acceso a un mercado—. Cuando el argumento se traduce a la línea de costos —OPEX, productividad, cobertura frente a la disponibilidad de materias primas o la  volatilidad de precios—, la economía circular deja de competir con el negocio y empieza a formar parte de él. Y casi nunca parte de cero: reconocer y ordenar lo que la empresa ya hace suele costar menos, y encontrar menos resistencia, que instalar una solución genérica.



Y acá el marco regulatorio explica bastante. En Argentina todavía no tenemos una ley nacional de responsabilidad extendida del productor (Chile, Uruguay y Brasil si lo tienen) ni un marco de economía circular para las diferentes materialidades (envases, raees, avu, vfu, nfu, roc, etc) : la normativa vigente quedó desactualizada, y lo que existe son esquemas sectoriales —como el de los envases de fitosanitarios— e iniciativas provinciales y municipales. Este 2026, la Unión Industrial Argentina y 13 cámaras sectoriales que representan la matriz productiva argentina firmaron un compromiso para promover una normativa nacional para una ley nacional de gestión de envases buscando establecer reglas comunes para el tratamiento de envases post consumo y avanzar hacia un modelo de economía circular, después de más de dos décadas de intentos. Mientras esa obligación no llega, la circularidad avanza acá más por convicción, metas corporativas, por costos o por presión de mercado que por mandato legal.


Y la presión de mercado más concreta, hoy, viene de afuera. Desde el 12 de agosto de 2026 rige en la Unión Europea el nuevo Reglamento de Envases y Residuos de Envases (PPWR), y su lógica es exigente: un envase que no cumple no puede colocarse en el mercado europeo, y ese riesgo se traslada aguas abajo hasta el proveedor. Si un exportador argentino de vino, aceite, jugos, miel o pesca no aporta los datos que su cliente europeo necesita —evidencia de ensayo sobre sustancias preocupantes y de reciclabilidad, firmada y trazable—, ese cliente no puede vender, y termina buscando otro proveedor que sí los entregue. Ahí la circularidad deja de ser un valor agregado y pasa a ser condición de acceso al mercado.



¿Y ahora qué? Hoy estamos acompañando a exportadores, y no en el terreno legal, sino en el que tenemos algo para aportar: datos, ecodiseño, reciclabilidad y valorización de materiales. Ayudamos a agrupar los envases en tipos, coordinar los ensayos, ordenar la evidencia y, sobre todo, rediseñar lo que haga falta para que el envase sea efectivamente reciclable, anticipando ya la ola regulatoria de 2028-2030. Para nosotros es el mejor ejemplo de todo lo anterior: una amenaza regulatoria que, bien trabajada aguas arriba, puede volverse una ventaja para quien se mueve primero.


De todo esto nos fuimos llevando tres aprendizajes:


El primero, que la circularidad sistémica de escala territorial rara vez se logra proyecto por proyecto: se planifica, a escala local y regional  y de cadena de valor, e incluyendo el consumo de recursos y su regeneración. Se parece más a una decisión política que a una suma de buenas voluntades. Es lo que buscamos cuando diseñamos planes GIRSU para municipios como Rafaela, o estrategias de economía circular para provincias como Córdoba.


El segundo, que conviene desplegar todas las estrategias, y no solo la más fácil de medir. Es lo que intentamos al acompañar a las empresas en sus metas de circularidad vinculadas no solo al reciclaje sino también  a la reutilización de envases, el ecodiseño de materiales biobasados,  la valorización de pérdidas y subproductos  hasta desplegar intersecciones entre regeneración y reciclaje como la campaña Recupera y Transforma, valorizando residuos plásticos en áreas protegidas marítimas.


Y el tercero, que es el que más nos costó: casi nada de esto escala en soledad. Ningún actor reúne por sí solo la información, la escala, la tecnología y el acceso al mercado que la circularidad pide. Por eso el trabajo uno a uno, por bueno que sea, tiene un techo. El abordaje colectivo, en cambio, puede reducir la inversión por empresa y hace posible una configuración de actores que el mercado, por sí solo, no produce. Es la razón por la que buena parte de nuestro trabajo pasa por apoyar a cámaras  empresariales, iniciativas de articulación productiva y  clústeres de empresas para acelerar la transición.


Con el tiempo entendimos que esa colaboración no aparece por buena voluntad: se diseña. Definir el perímetro de lo que se comparte y lo que queda afuera, las reglas de acceso a la infraestructura, a los datos y a los recursos comunes, es un trabajo de innovación en sí mismo. La confianza no se pide; se estructura.

Y hay un plano que ninguna colaboración privada, por bien diseñada que esté, resuelve sola: el de la política pública. Porque la causa de la triple crisis está aguas arriba: en cómo extraemos y usamos los recursos. El consumo de recursos finitos explica cerca del 55% del cambio climático, el 90% de la pérdida de biodiversidad y el 40% de la contaminación.

Cada vez nos convence más la idea de que no son tres crisis en paralelo, sino que el uso de los recursos es el driver de las otras dos. Aun así, la regulación y los incentivos se concentran en el final del tubo, mientras la productividad material, el ecodiseño y la regeneración quedan casi sin instrumentos.


Y fuimos viendo que ahí el Estado tiene un papel difícil de reemplazar: el de regular los bienes comunes. Las reglas de reparto de un recurso compartido —energía, agua, suelo, infraestructura, datos— no son un trámite administrativo; son, en buena medida, lo que hace posible (o imposible) la cooperación. Un Estado que actúa como mercado ancla, como árbitro de los bienes comunes y como regulador aguas arriba es, nos parece, lo que termina convirtiendo experiencias aisladas en transformación sistémica.


Es, en el fondo, lo que fuimos aprendiendo estos años en La Ciudad Posible, trabajando en toda esa escalera a la vez. Cada una de esas experiencias es distinta —otro actor, otra escala, otra estrategia—, pero, mirándolas juntas, nos parece que cuentan la misma historia: la economía circular que nos interesa es planificada, multiestratégica y colaborativa, y empieza por hacer que el negocio, el bien común y la regeneración jueguen del mismo lado.


Seguimos pensando que el reciclaje no es el techo de la economía circular, sino su punto de partida. Y que el desafío —el nuestro, el de quienes ya trabajamos ahí— no es dejarlo atrás, sino apoyarnos en él para subir. Poner en valor lo que ya hacemos, y animarnos a lo que sigue.


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