top of page

La selva "virgen" quizá nunca fue tan virgen. Y eso cambia cómo pensamos la restauración.

La Ciudad Posible - Argentina

Solemos imaginar la selva como lo opuesto a lo humano: un territorio salvaje que se conserva mejor cuanto más lejos lo mantengamos de la gente.


Un estudio publicado en noviembre de 2025 en PNAS, liderado por la Universidad de Ámsterdam y Florida Tech, pone esa idea en duda. Sus hallazgos muestran que zonas de la Amazonía que parecen no haber sido tocadas fueron moldeadas por personas durante cientos e incluso miles de años. Durante milenios, el manejo del bosque fue alterando de forma acumulativa selvas que hoy parecen completamente naturales.


La evidencia no es solo estadística. Es material y está bajo nuestros pies.



Por un lado, los geoglifos: enormes estructuras geométricas de tierra que la deforestación fue dejando a la vista en la Amazonía occidental, huellas de sociedades precolombinas que ordenaron el paisaje mucho antes de que el bosque actual creciera sobre ellas. Por otro, la terra preta —la "tierra negra"—: suelos oscuros y extraordinariamente fértiles que esos pueblos crearon durante siglos incorporando carbón, cerámica y residuos orgánicos. Suelos tan bien hechos que siguen siendo fértiles hoy, cientos de años después.


Geoglifos y terra preta cuentan la misma historia: los pueblos del bosque no solo lo habitaron. Construyeron paisaje y fabricaron fertilidad. Y lo hicieron produciendo su alimento dentro del bosque, no a costa de talarlo. Durante milenios, conservar la selva y producir alimentos no fueron objetivos opuestos: fueron la misma práctica.


Este marco vale mucho más allá del Amazonas. Nuestra Selva Paranaense —la Reserva de Biosfera Yabotí, en Misiones, uno de los últimos grandes remanentes de selva atlántica interior— es también un territorio habitado, donde las comunidades Mbya Guaraní conviven con el bosque desde mucho antes de que existieran las categorías de "área protegida". El bosque y su gente se hicieron mutuamente.




Sobre esa premisa venimos trabajando. Junto a las comunidades de Yabotí co-creamos una estrategia de regeneración que no separa conservar de vivir, y que se apoya en tres patas que se sostienen entre sí: reforestación con especies nativas, agricultura sintrópica y turismo regenerativo. Restaurar el bosque, producir alimento en él y habitarlo dejan de ser tres agendas en competencia para volverse una sola. En esta nota me detengo en la primera pata —la reforestación—; las otras dos quedan para lo que viene.


¿Por qué importa tanto por dónde empezamos?

Porque si el bosque nunca fue un objeto intacto que solo hay que "no tocar", restaurar no es apartarse y esperar. Es volver a intervenir, esta vez a conciencia: retomar el antiguo rol de jardineros del bosque. Y ahí aparece la pregunta que casi nunca se hace: ¿con qué material lo hacemos?


Plantar árboles no es reforestar. Un bosque que va a sostenerse durante décadas —resistir sequías, plagas, un clima que ya cambió— depende de la calidad genética de lo que ponemos en el suelo. Tres cosas se juegan ahí: la diversidad genética (semilla colectada de muchos ejemplares, no de un único árbol madre), la procedencia (material adaptado a las condiciones locales, no traído de cualquier lado) y la trazabilidad (saber de dónde viene cada semilla).


Por eso el eslabón más estratégico de una restauración seria no es solo la  plantación. Es el área semillera y el vivero.


Un ejemplo concreto y cercano: Vivero Kawsay ubicado en la Reserva Margay, colindante a la Reserva de Biosfera Yabotí, con área semillera propia y especies nativas de la selva misionera —timbó, anchico colorado, urunday, palo rosa, cañafístula, loro negro, pitanga— producidas con criterio genético para la restauración. No es solo producir plantines: es custodiar el acervo genético de un bosque que los humanos ayudamos a moldear, para poder devolvérselo.


Y esa cadena ya está en marcha. Kawsay provee plantines nativos al proyecto Vida Nativa, de Nideport, que trabaja en restauración y créditos de carbono. Un vivero con buena genética, en el corazón de la selva, alimentando a la vez la recuperación del bosque y la captura de carbono.


Pero restaurar es apenas el primer paso. Si algo nos enseñan los geoglifos y la terra preta es que un bosque habitado no se sostiene solo con árboles: necesita que su gente pueda vivir de él. La conservación por apartamiento —un bosque sin nadie adentro— es, casi siempre, una conservación que fracasa.



Ahí es donde las otras dos patas de la estrategia se vuelven imprescindibles. En Yabotí, la agricultura sintrópica —producir alimentos imitando al bosque, tal como lo insinúa la terra preta— y el turismo regenerativo —que pone al bosque vivo y a su gente en el centro de la propuesta de valor— son las que convierten la restauración en una regeneración también económica, productiva y sociocultural.


Cómo se articulan esas dos piezas para que restaurar, producir y habitar sean una sola cosa es tema de una próxima nota.


Por ahora, quede esto: restaurar bien no es alejar al bosque de las manos humanas. Es volver a poner esas manos, con conocimiento, al servicio del bosque y de quienes viven en él. Y todo empieza, siempre, por la semilla.


bottom of page